“De Compostela a Ierushalaim”A modo de presentación ante los amigos lectores de Aurora: me han dado la oportunidad de una colaboración con el semanario. Satisfacción sin duda, pero todo un reto a la vez, no exento de responsabilidad.
Este rincón de Europa, llamado Galicia, es una de las comunidades autónomas en las que se divide España; de superficie similar a Israel su población ronda los tres millones de habitantes. Con un idioma propio, hermano del castellano, catalán y francés, donde la lluvia es, por lo general, una constante, hace siglos se consideraba la parte más occidental del viejo mundo. De hecho, el cabo Finisterre hacía honor a su nombre, constatando que la tierra conocida allí finalizaba.
Titulo mi columna “De Compostela a Ierushalaim”. Así se denomina la revista publicada por la Asociación Gallega de Amistad con Israel (AGAI), a la cual pertenezco, y cuyo primer número vio la luz recientemente.
Santiago de Compostela es la capital de la comunidad y sede del gobierno autonómico. Su catedral es el destino de multitud de fieles católicos que peregrinan en masa al lugar donde se supone que descansan los restos del apóstol Santiago.
Desde esas latitudes, el apoyo al Estado de Israel, defendiendo su derecho a existir como país y la admiración por el pueblo judío son posturas que generan polémica y controversia. No estamos aquí exentos de la nada disimulada judeofobia y cierto antisemitismo que se encuentran incrustados en amplios sectores de la sociedad española y europea. Sobre Israel y su enquistado conflicto con los palestinos, existe un pensamiento mayoritario, donde claramente se señala a los malos, que son los opresores, los ocupantes.
El otro bando es el pueblo que está sometido al fuerte, invadido y discriminado. La imagen típica la componen un tanque y soldados fuertemente armados contra unas indefensas personas lanzando piedras. No hay lugar para los matices. De nada sirve aseverar que Israel es un país democrático, con un Parlamento elegido por sufragio universal, un Estado de derecho donde el imperio de la ley ampara a todos sus ciudadanos.
Tampoco que dentro de sus fronteras un veinte por ciento de la población sea árabe (palestina), mayormente musulmana. Ni siquiera los adelantos tecnológicos en los más variados campos, ni el número de galardonados con el Premio Nobel. Y por supuesto, ni palabra de los regímenes que imperan en la zona, caracterizados por la total falta de democracia interna, el desprecio por los derechos humanos, en especial los de las mujeres, los homosexuales y las minorías religiosas.
Unos gobiernos que han promocionado varias guerras con el fin único de expulsar los judíos al mar y destruir Israel. No existe el beneficio de la duda. Nada.
En este contexto nos desenvolvemos aquellos que sí defendemos la causa israelí. Rodeados de hostilidad y en franca minoría.
Amigos lectores: desde esta columna, daremos una visión y expresaremos una opinión de Israel muy diferentes a las oficiales y habituales que imperan por estas tierras, emitiendo un mensaje positivo donde, por supuesto, no renunciaremos a manifestar nuestra inquebrantable defensa de Israel y de su pueblo.
Pablo Veiga
Socio de la Asociación Galega de Amizade con Israel.
Ser amigo de Israel genera controversia
18/Nov/2010